Por Federico Pineda y Manuel Dios
El mismo día que asuma Alberto Fernández, las Madres del Dolor continuarán su trabajo como si fuera un día más. Para ellas, será un volver a empezar 15 años después.
“Nosotras lamentablemente tenemos que empezar siempre de cero y pedir que nos reciban”, explica Viviam Perrone sobre la relación con el cuarto presidente de la Nación que les toca en estos 15 años. Néstor Kirchner vio a esas madres que necesitaban ayuda y les sugirió que crearan una fundación, pero la complejidad de ese proyecto derivó en la Asociación Civil Madres del Dolor. Desde ese momento, han pasado casi 15 años. En el medio estuvieron Cristina Fernández y Mauricio Macri. Este 10 de diciembre cumplirán las bodas de cristal. Ese cristal que, aunque sea opaco, ellas irradian vida y solo están casadas con una cosa: la justicia.
Sus madres luchan por justicia.
Nora Iglesias, Elsa Gómez, Silvia Irigaray, Elvira Torres, Viviam Perrone, Marta Canillas, Isabel Yaconis y Silvia Fredes son las caras visibles en la actualidad de una Organización No Gubernamental (ONG) que se va reinventando con el tiempo, pero punto de partida hay uno solo. Desde allí, gran parte de ellas se hicieron inseparables.
El 21 de abril de 2003, Lucila Yaconis fue asesinada a metros de las vías del Ferrocarril Mitre. Su asesino la ahorcó al no haberla podido violar. La única prueba era un resto de semen que dejó sobre la ropa de la chica de 16 años. Las marchas por el pedido de justicia fueron el comienzo de una historia que llega a su tercer lustro.
“Me fui a Núñez con la mama de Cristian (Elvira) y a esa misma marcha fue la mamá de Kevin (Viviam) y de Juan Manuel (Marta)”, cuenta la presidente de la asociación, Silvia Irigaray, y destaca que los periodistas fueron “un gran eslabón” al momento de juntarlas. Uno de ellos juntó a algunas madres mientras marchaban por la Avenida Cabildo. Allí, empezó todo.
“Cuando nos miramos, no sabíamos ni quiénes éramos. En la siguiente marcha, ya nos saludabamos y después ya nos intercambiamos los números. Ahí nos hicimos inseparables”, cuenta Irigaray. Marta Canillas desconoce cómo se dio todo: “No sabemos el momento en que nos juntamos. Nos encantaría decirlo, pero no podríamos hacerlo”.
Sin embargo, ese pedido de justicia por la muerte de Lucila, que motivó su unión, aún sigue impune. “Ya no tengo esperanzas de encontrar al asesino. Me hice la idea que no lo iba a encontrar. Entonces pensé en que no hubiera más Lucilas”, cuenta la madre de la joven que provocó la creación del Registro Nacional de Datos Genéticos Vinculados a Delitos Contra la Integridad Sexual. Después de haber perdido estado parlamentario en dos ocasiones, en 2013 fue sancionado por ambas cámaras.
Sin embargo, el poder de turno se le rió en la cara a Isabel. “Nos mintieron de Presidencia para que nos quedáramos tranquilas. Cuando asumió Macri, le pregunte a Germán Garavano (ministro de Justicia) y nos dijo que no se había reglamentado”, expresó la futura presidente de la asociación a partir de 2020 sobre una ley que ya se implementó en el último año.
Ese mismo Ministerio sigue enviando todos los martes en esta gestión a cargo de Macri a dos representantes a la sede ubicada en Vicente López, sobre Fray Justo Sarmiento 320, para asesorar a las familias que van a la asociación. Allí, trabajan siete horas con diferentes casos que abarcan violencia institucional, hechos de tránsito, secuestros y trata de personas, entre otros.
El caso de Isabel no es el único que quedó impune. Solo tres de las ocho madres que están dentro de la asociación lograron tener justicia por sus hijos. Los mismos periodistas que las habían juntado habían olvidado a Viviam tiempo atrás.
“Decidí salir porque no me escuchaba nadie. Llamaba a los medios y nada. Ahí empecé a ir a las marchas de Isabel”, cuenta Perrone que tuvo que esperar cinco años para que la justicia pueda juzgar a Eduardo Sukiassian. Cumplió menos de tres meses de los tres años de prisión efectiva y fue liberado en 2007 con prisión domiciliaria porque le faltaban solo dos materias para terminar economía en una institución privada y tenía trabajo asegurado. “Da lo mismo atropellar y quedarse que atropellar y escapar”, decía Perrone para TN en ese entonces. Fredes, madre de Martina Miranda, acompaña esta afirmación: “Como ciudadano, pensás que la cárcel es para los pobres. Dejan al que no tiene nada que hacer, pero a este chico lo mandamos a estudiar, que tenga cárcel en su casa y le bajamos la condena”.
Martina Miranda murió en el día de San Valentín con 16 años tras ser atropellada por un auto conducido por Damián Villanueva en 2016. Mientras ella pedía justicia, él ya se había suicidado. Fredes renunció a su trabajo, dejó de festejar cumpleaños y fiestas y aún no pasa por el lugar del siniestro vial en Scalabrini Ortiz y Vera. Ambas madres trabajan en hechos relacionados al tránsito y fue Perrone quien le sugirió integrarse a la asociación a fin de 2018.
Martina Miranda
“Me dijo que había mucho trabajo para hacer y estaba sola”, sostuvo quien vive los días como si no hubiera un mañana. “No sé si voy a tener ganas de levantarme al otro día”, y agregó: “El día que nos mataron a Martina nos mataron a nosotros y se olvidaron de llevarnos. Nos mataron el presente y el futuro. Solo me quedó el pasado”. Además, ve en Viviam la motivación de levantarse todos los días: “Ella lleva 17 años, ¿Cómo no voy a poder yo también?”.
Sin embargo hay un hecho puntual que será imposible de asimilar. Viviam es abuela, al igual que Silvia e Isabel. Martina era la única hija de Fredes y, ya con 45 años, la posibilidad de ser madre “hubiera sido tapar el sol con el dedo”. Ese legado que ya no estará más lo comparte con Nora Iglesias que, con 20 años de diferencia, perdió lo más preciado que tenía.
“Siempre hablamos. Compartimos que no vamos a ser abuelas, el resto lo es”, declaró Fredes, que acompaña en su dolor a Iglesias, quien con 40 años había tenido a Marcela meses después de haber dejado de hacer el tratamiento para quedar embarazada. Una escultura le apagó la vida a los seis años. A los encargados de la galería ubicada en forma ilegal en el Paseo de la Infanta, en Palermo, que desde 2007 lleva el nombre de Marcela Brenda Iglesias, les permitieron 117 apelaciones para dilatar un juicio que no llegó nunca. Tras la aprobación de una ley para acortar tiempos de las causas, la jueza dictó la prescripción en 2005.
“Nos dijo que la muerte de Marcela ya fue, que estaban en otra cosa”, dijo Iglesias, que tuvo que soportar que el intendente de aquel entonces, Jorge Domínguez, comparara su muerte con la caída de una maceta en la cabeza de una persona.
Ese mismo año en que se dictaba la prescripción, Iglesias tomaba la decisión de incorporarse a la asociación después de que Elsa Gómez se lo propusiera. “Al principio no quería venir y ahora me parece que me costaría tener que irme. Puedo escuchar a las madres, darles contención y mi función es acompañar. Me siento útil ayudando a los demás”, cuenta la madre de Marcela.
Sin embargo no descansa en su pedido de justicia y el caso de su hija ya escaló a la Corte Interamericana de Derechos Humanos. Allí, la madre de la nena que hubiera cumplido 30 años en octubre pasado aguarda que se reabra el caso que guarda una similitud con el de Walter Bulacio, asesinado por efectivos de la Policía Federal. “En nuestro caso están los inspectores municipales que forman parte del Estado”, declaró.
“Su caso fue muy asqueroso. Tuvo mucho amparo político”, recuerda Canillas. Ella es otra de las madres que ingresó en la Asociación desde su fundación y ocupa el lugar de vicepresidente. Su hijo fue el primer muerto en un secuestro en democracia. La chica que le sostuvo la mano en sus últimos momentos fue premiada de por vida. “Le pagamos la carrera de obstetricia porque era lo mínimo que podíamos hacer”, contó con la voz quebrada.
Dentro de la primera sede, ubicada a cuadras del Congreso, y ahora en Vicente López, las madres encuentran su utilidad en ayudar a los demás. Una palabra que encuentra asidero en varias de ellas y les hace tener un sentido en la vida ante una pérdida. “Es poder respirar dentro del ahogo que vivis constantemente”, cuenta Fredes.
En estos 15 años, han pasado más de esas ocho madres dentro de la Asociación como Mónica Marcenac, cuyo hijo Alfredo fue asesinado en 2006 por Martín Ríos (conocido como el “Tirador de Belgrano”); Pompeya Gómez, madre de Cristian Schaerer; y Elsa Schenone, cuyo hijo Marcos recibió tres disparos en la espalda ejecutados por Horacio Conzi después de haber tenido un ataque de celos hacia él por haber salido con una chica que le gustaba a Conzi. Elsa murió en octubre de 2018.
Esas madres han formado o integrado una asociación a la que apoya gran parte de la sociedad, pero la propia presidente no se conforma con ello y quiere seguir dando vida.
Irigaray y Canillas participan del programa “Justicia Restaurativa” dando charlas en las cárceles, contando lo que vivieron para que los presos también sepan la historia de las víctimas y sean conscientes del daño que producen.
Por otro lado, Irigaray acompaña el pedido de la donación de órganos después de que su hijo Maximiliano Tasca lo fue. Con apoyo del Gobierno de la provincia de Buenos Aires, reparte un protocolo de actuación que da en todas las Comisarías. Allí, la creadora explica cómo preservar a un cuerpo que, potencialmente, puede ser donante. Lamentablemente, en una reunión con Macri, el presidente omitió responder cuando le pidió colaboración para extenderlo a todo el país.
Un camino parecido siguió la ley de tránsito que impulsó Perrone en numerosas ocasiones, pero recién se aprobó cuando se enganchó con un tema relacionado a ganancias. “No les interesaba”, manifestó una de las integrantes del Observatorio de Víctimas creado en 2017.
Esta ONG es financiada por donaciones de personas conocidas por las madres, un padre de la institución, un colegio privado, un policía maratonista y a veces alguna empresa, cuyos nombres quedan en la reserva de las madres que van a la asociación una vez a la semana en diferentes horarios. En su ausencia, hay una persona que les reúne todos los mensajes de lunes a viernes de 9.30 a 13.30 horas.
Tatiana Laurent es la secretaria de la asociación desde el inicio de este año y tiene un vínculo con el reclamo de justicia que la sigue hasta el presente. Ella es la nieta de Ketty Karabatic de Bilbao, la única sobreviviente del triple crimen que sucedió en un laboratorio de Cipolletti el 23 de mayo de 2002 y cuyo responsable sigue sin ser hallado. Su abuela falleció el año pasado.
“Me parece admirable que pudieron canalizar todo ese dolor en algo positivo, en un espacio donde personas de cualquier clase social pueden venir y tener asistencia para que las escuchen”, destacó Tatiana sobre la labor social que hacen.Este aniversario deja un legado para el futuro. “Deja el ejemplo que uno nunca debe bajar los brazos. Hay que seguir luchando” sostuvo Perrone. Y la presidente dejó un deseo para el futuro: “Sería bueno cerrar la asociación porque habría terminado la violencia”. Esa misma que no cesa hace 15 años.